domingo, 27 de febrero de 2022

viernes, 7 de enero de 2022

¡APRENDÍ SOLA!

 

¡APRENDÍ SOLA!

Tenía siete años cuando llegó a mi casa. Blanca y roja, medio despintada, mostraba claramente que mis primos por el lado paterno, lado que nunca frecuenté mucho, habían pedaleado con frenesí. Como es lógico, quise subirme de inmediato, pero necesitaba una puesta a punto indispensable y además, yo no sabía andar.

Tras unos días de reparación, volvió a casa para ocupar un lugar de indisimulado protagonismo. Debí esperar hasta el siguiente domingo, para que, en la mañana, el enorme fondo de mi casa nos diera la bienvenida a las tres: la bici, mi mami y yo.  Mi progenitora sería la encargada de enseñarme a manejarla. Tras varios intentos sin mayores avances,  cortamos para almorzar. Las primeras horas de la tarde fueron propicias para la siesta materna, mientras yo me ocupaba de terminar rápido los deberes del cole, para tener tiempo de retomar los primeros pasos de mi carrera ciclista luego, en lo que quedara de la tarde. El corazón se me desbordaba de ansiedad y de júbilo.

¿Qué es este mamarracho? Esas palabras junto a la severidad de su cara, fueron el prólogo de un domingo luminoso que de repente colapsó ante nubes de hormigón. El dibujo mostraba unas montañas con picos nevados y un hombre casi tan grande como las montañas, mi sentido de la proporción había sufrido un lamentable derrape. Me había quedado realmente espantoso.  Mi vieja consideró que tal temeridad ilustrada merecía un escarmiento y la sentencia fue inapelable: no te ayudo más con la bicicleta. Seguramente lloré y clamé por una revisión del fallo, seguramente la tía Nelly intercedió a mi favor, pero inapelablemente mi gorda madre mantuvo su decisión.

Ella dio por concluida su ayuda aquella tarde, pero no me prohibió que fuera hasta mi fondo e intentara por las mías. Así que en cuanto pude, desaparecí y acometí la osada empresa. No sé cuántos fueron los intentos, creo que no muchos, mi deseo por aprender y, también, un cierto enojo y algo de rebeldía por la penitencia, se unieron para que bastante rápido lograra dar esa primera pedaleada que me aseguró una dulce y regocijante victoria. Coroné el festejo con gritos triunfales: ¡aprendí sola! ¡aprendí sola!

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Diez días después de cumplir 62 años, nos fuimos con Ame a pasar el fin de semana a La Floresta. El clima no estaba muy agradable, pero el balneario tiene una magia que va más allá del sol omnipresente. El domingo amaneció con algo de lluvia, un cielo cubierto y una temperatura bastante baja. Como me suele suceder, tuve dos despertares, hice dos desayunos, y luego del segundo, decidí salir en mi bici a recorrer el balneario. Como tantas veces, opté por ir hasta el arroyo Sarandí, uno de los lugares que atiza mi enamoramiento hacia la naturaleza.

Pero nunca llegué. Un pavimento resbaladizo por aguas residuales que  deben ser lo único que afea el paraíso (como muchos damos en llamar a La Floresta) nos hizo caer a mi bici y a mí, y si bien ella salió casi indemne, yo sufrí varias fracturas en mi pierna derecha. Momento duro, del que salí por la inmediata atención de vecinos de la zona, cuyos nombres ignoro y a los que siempre estaré agradecida.

Internación, cirugía y recuperación en marcha que no tengo idea cuánto me va a demandar.  Si todo sale bien y me recupero completamente, hay algo de lo que estoy casi convencida que no volveré a hacer. La carrera que comenzó aquel domingo del 67 a pesar de todos los pronósticos, terminó hace pocos días, en otro domingo de abril, más de cinco décadas después.

Andar en bici, o en chiva como también le decimos por aquí, fue uno de los deportes que más disfruté, que más amé. Fui con mi bici, modesta y maravillosamente libre y, realmente, nunca me representé un escenario en el  que el pedaleo llegase a su fin, aunque no soy reacia a pensar en otros finales ni tampoco en el final.

¡Aprendí sola! Lo bien que hiciste, rubiecita, no sabés el largo e intenso tiempo de felicidad que disfrutaste después.

11 de mayo de 2021

miércoles, 27 de enero de 2021


 

Atardecer para poema

 

No necesita años, no necesita tiempo acumulado

Solo…

la colisión de deseos,

solo…

una explosión de silencio que nos gane

solo…

dos miradas que no huyan acobardadas

 

a quién le importa la eternidad y a quién el día a día

el amor es inmortal mientras el tiempo se escurre

en miles de intersticios de banalidades

el amor no es opíparo, es sutil

para las exigencias del reloj, inadecuado

 

para aquellos que no quieren ir despacio

caminando hacia el olvido

el amor es una tarde de lluvia

sin anhelar el sol

una sonrisa espontánea del alma

una comunión inexplicable con el universo

la expresión única del dios que debió habernos creado  

 

19 de octubre de 2010


 

OBLIVION

 

la palabra que se cae de los labios

la mirada que se ahuyenta de los ojos

el latido que no espera a sus iguales

el camino que se aleja de los pasos

 

ebullición de ser y estar

presencia plena

yo desbordante, mirar por el rabillo de los ojos

las huellas que, gracias a nosotros, suponemos que quedan

 

el mundo que se mueve a nuestro ritmo

dinámica soberbia, estallido

el tiempo es nuestro, la juventud y el desvarío

hay otros que los han perdido, pobres mortales

condenados al olvido

 

pero antes del olvido supieron de   

la palabra que se cae de los labios

la mirada que se ahuyenta de los ojos

el latido que no espera a sus iguales

el camino que se aleja de los pasos

 

y que el tiempo trae vientos opíparos de polvo

en los que el ego del nosotros se asfixia

 

10 de agosto de 2010

 

 

 

 

 

 

 

 



Hace unos años, en la presentación de Cuarteto, uno de los últimos libros de Hiber Conteris, el cierre lo dio un cuarteto de jazz que, entre otros temas, interpretó el tema que inspiró este poema. Animo a escucharlo y a no confundir, lo excelso de su condición con las palabras que me inspiró. 


Cierra tus ojos y escucha – Ástor Piazzolla y Gerry Mulligan

 

Cierra tus ojos y escucha

Ellos están tocando

Cierra tus ojos y escucha

La música es un sueño inabarcable

Cierra tus ojos y escucha

Nada de lo que escribas llegará jamás a igualarla

¡Ay escritor, no hay tristeza, tu pluma se inspira sobre el pentagrama!

Para escucharlos

Tus palabras deben llamar al silencio

No hay obra, no hay creación, no hay escenas

Solo los ojos cerrados

Deseando, imaginando, sabiendo

que se puede avanzar aun sin los ojos abiertos

porque escuchando hay él y hay ella

hay siluetas hambrientas, devotas, confesas

y hay mujeres que se inventan desde el humo

y hay sombras de hombres que las desvelan

Cierra tus ojos y escucha

Ellos están tocando

Para envolver la geografía de palabras

Y los contornos de silencio

Para que seas matriz, cauce y sentimiento

 

Para dejar que una nota acaricie

Para que la muerte desorientada e impura

Eleve una plegaria de inmortalidad

 

29 de agosto de 2012

 

miércoles, 3 de junio de 2020


La Pluma en Alto

Con el fallecimiento de Hiber Conteris, ayer, en Montevideo, tal vez se haya ido uno más de los pocos representantes que quedan de una generación brillante. Un intelectual de alta talla que deja una prolífica obra, además de un recuerdo imborrable en todos aquellos que tuvimos el privilegio de conocerlo. A quienes no conocen su obra (algo poco comprensible es que Hiber no haya sido más conocido, en especial en su propio país) les recomiendo que se acerquen a ella, es tan prolífica como brillante.
Uno de los regalos de mi muy modesta vida literaria ha sido, sin dudas, que tras conocerlo en 2006 a través de mi entrañable amigo, Hugo Alcalde, Hiber leyera, impulsara y presentara mi novela La Historia Final; su presentación superó largamente al más osado de mis sueños.
Con unas palabras escritas por él, elegidas al azar, de su novela Cuarteto, lo despido con la pluma en alto, el corazón vulnerado y la gratitud más encendida.

“Lene y yo nos separamos con un vago diseño de futuro, acongojados, pero comprendiendo que debíamos interponer distancia y tiempo, para tener una noción precisa de lo que había estado ocurriendo entre nosotros en ese vaporoso transcurrir del verano…”

Aloma 
Tres de junio de dos mil veinte

domingo, 12 de abril de 2020