domingo, 27 de abril de 2025
jueves, 24 de abril de 2025
TAN SOLITA...
TAN SOLITA...
La primera
imagen de esta mañana, dentro de esta semana en la que todo lleva a Francisco,
ha sido la de una monja que, entre varias decenas de cardenales y otros
funcionarios de la Iglesia, se introdujo en la capilla donde ha sido el primer
velatorio del Papa, para tener un primer acercamiento con su amigo fallecido.
Juntos se atrevieron a bastante, sortearon límites y en uso de su libertad eligieron
ayudar, sin dejar lugar a la indiferencia. Pero no voy a ahondar en un tema sin
duda de enorme trascendencia, simplemente trataré de escribir lo que sentí al
ver a esa mujer pequeña en sus hábitos de monja, visiblemente jaqueada por el
dolor de la pérdida, absolutamente sola… yo la sentí sola, y no pude contener
el llanto, un llanto que me ha aflorado muchas veces en estos días, desde que
me enteré, en este lado, tan al fin del mundo, que Jorge Bergoglio había
muerto.
Pero vuelvo
a ella, a esa mujer sola entre muchos, muchos hombres a quienes nadie les
cuestiona el derecho a ser los únicos autorizados a estar al lado del cuerpo
del Papa. Muchos, muchos hombres y ella, que casi tuvo que escabullirse dentro
de un lugar en el que no debía estar, que no le correspondía y en el que,
aunque no alcance, le permitieron permanecer. Tal vez cayendo en un error
absoluto, se me ocurrió pensar que Francisco, de haber podido, hubiese ido
directamente a abrazarla a ella en una demostración de su amistad y de su
valía, y no a los muchos, muchos hombres que estaban allí en uso de uno de sus
tantos privilegios. De modo más osado, pensé también que si está en otro plano
que le permite saber lo que pasa en este, le debe haber pesado enormemente la
carga de que las puertas que abrió para las mujeres dentro de una institución
dirigida por hombres de un modo apabullante, en sus propias palabras: machista,
son, a todas luces, insuficientes.
Ante esa
imagen que mucho me conmovió y me perturbó esta mañana, yo, que ni hablo ni
escribo utilizando un lenguaje inclusivo, sentí que cuando se habla de la
máxima institución católica, y dejando de lado la etimología de la palabra y
otras cuestiones lingüísticas, deberíamos decir el Iglesio y no la Iglesia,
porque la preeminencia masculina es abrumadora e inapelable.
Más de una
vez he escuchado con cierto estupor, y no siempre referido a la religión católica,
una afirmación como para eximir de más comentarios y justificar lo improcedente:
Siempre ha sido así, forma parte de la
tradición y la cultura. Craso error, inadmisible. Lo que está mal, lo que es
injusto, se intenta cambiar aunque lleve siglos instaurado en el comportamiento
y aun en las creencias de las mayorías, o, en realidad, en los privilegios de
los que mandan.
Me pregunto
si no será tiempo de que las mujeres católicas, tanto laicas como religiosas, con
respeto, sin estridencias, pero con profunda firmeza y convicción empiecen a
reclamar un protagonismo que les ha sido vedado históricamente. ¿Acaso no sería
esa, la mayor contribución que le podrían hacer a la religión que profesan?
Al decir
del que fue su principal líder durante doce años y hasta hace pocos días, “las
mujeres resuelven y resuelven bien… tienen otra metodología, tienen otro
sentido del tiempo, de la espera, de la paciencia, diverso al hombre, esto no
hace disminuir al hombre, son distintos y tienen que complementarse”.
Complementarse.
Complementarse.
Del accionar
conjunto de mujeres y hombres de buena voluntad, creyentes o no, dependerá en
gran medida la suerte futura de los seres humanos sobre la Tierra. Ya deberíamos
tener bien claro que los privilegios, las exclusiones y las puertas cerradas
solo nos conducen al peor destino. –
Aloma
Sellanes
Abril 23/24,
2025
domingo, 6 de abril de 2025
MÚSICA, POEMAS Y DOLLY, LA ESPOSA DE ONETTI
En un verano de hace ya muchos años, me sedujo la idea de hacer una presentación de música y poemas en un espacio cultural de La Floresta. El año anterior, había presentado allí La Historia Final, con muy buena asistencia y me pareció lindo repetirlo, aunque sin libro alguno para presentar. Como mis aliados para la parte musical, estuvieron los hermanos Nicolás y Emiliano Tchagayán quienes se las ingeniaron para dar un excelente concierto, a pesar de que el piano había decidido acogerse a los beneficios de la jubilación. Con la ayuda de un afinador y la capacidad de los chicos, el virtuosismo estuvo finalmente asegurado. A mí me correspondió elegir unos cuantos poemas para ir diciendo, creo que, de modo intercalado, entre los temas ejecutados por los pianistas, perdóneseme el olvido de algunos detalles.
Uno de los poemas elegidos era Ya No, de la poetisa uruguaya, Idea Vilariño. Como muchos conocen, la célebre compatriota, mantuvo durante años una apasionada relación con el no menos célebre escritor Juan Carlos Onetti. Esa relación plena de encuentros y desencuentros, guiada por una pasión inmanejable que uno supone que estuvo lejos de brindarles una felicidad genuina, tiene en el poema mencionado uno de los epílogos más bellos y tristes que un amor pueda tener. Las desventuras de un amor, máxime si ocurren entre dos seres de trato sublime con las palabras, pueden subyugar la imaginación de cualquier simple mortal y alimentar los deseos de realizar un relato en el que el vuelo y la levedad se eleven hasta límites insondables. Dentro de ese contexto, había preparado yo la introducción a Ya No. Sería, probablemente, el momento que más podría llegar a conmover a la audiencia, al ponerse la poesía a tono con la intensidad emotiva de la música (algo que nunca se logrará, pero me permito la licencia)
Sin embargo, en los momentos previos a comenzar con la presentación, se acercó a mí una cálida señora que vivía en el balneario, con el fin no solo de saludarme, sino de presentarme a otra que, muy sonriente, me saludó con muchísima simpatía: “Ella es Dolly… la viuda de Onetti”. El impacto fue muy grande. Por un lado, me pareció maravilloso contar entre los asistentes a alguien tan íntimamente ligado a uno de los escritores uruguayos más importantes y reconocidos; tenerla a ella, era, de algún modo, tener a Onetti. Pero, por otro lado, todo lo que tenía pensado decir sobre Idea y su amor por él, sobre la pasión, sobre el amor y el desamor, sobre Ya No, se hizo trizas en ese mismo instante. ¿Era acaso admisible que yo, sin arte ni parte, hiciera a las palabras volar para hablar de un amor que, seguramente esta agradable señora habría padecido? La más elemental empatía, me decía que no. Ninguna de mis palabras le hubiesen sonado a novedad, por supuesto, pero bajo concepto alguno podía generar en mi recién conocida Dolly, el mínimo disgusto o la mínima incomodidad. Las opciones que me quedaban era decir el poema eludiendo cualquier comentario inconveniente o no decirlo, aunque el programa estaba armado para incluirlo. En este momento y 16 años después de aquella jornada, no tengo del todo claro cuál de las opciones tomé. Sobre el escritorio está la cámara con la que se filmó buena parte del evento y numerosos casetes, uno de los cuales contiene lo que se vivió aquella noche. Pero la filmadora no funciona. No hay forma de que encienda y la necesito para reproducir la filmación. Las precisiones de lo vivido quedan en pausa.Toda esta breve historia, vino a mi memoria cuando me enteré que el pasado 21 de marzo y días después de haber cumplido 100 años, Dorothea Muhr, Dolly, falleció en Buenos Aires, teniendo como la faceta más conocida de su vida la de haber sido la esposa de Onetti durante cuarenta años y haber estado junto a él hasta su muerte en 1994. Fue una destacada violinista, pero ese aspecto se conoce poco. No tuve con ella otro contacto que el de aquel día de verano y ahora que ya no hay ninguna posibilidad y como me ha pasado con otros seres que se han ido, siento esa impotencia de no haberla buscado en alguno de mis viajes a la capital argentina y haber intentado un diálogo, que intuyo hubiese sido muy rico, con ella.
Lecturas posteriores
me han develado que Dolly (apodo que no le gustaba) conocía perfectamente lo que sucedía con Idea, y no
solo con ella, si no también con otras mujeres que estuvieron alrededor de su talentoso
marido. Por las pocas declaraciones que hizo sobre sí misma, aceptó casi sin
reclamos el singular derrotero de su existencia. En la eternidad del
reencuentro o de la nada, ya está junto al amor de su vida.
Aloma Sellanes
6 de abril de 2025
lunes, 31 de marzo de 2025
la creación
la creación
Creo conocer el momento exacto en el que el ser humano creó a Dios. Y sé que fue una mujer la que lo hizo. Una mujer que, al ser consciente de su finitud, se enfrentó al momento de hablarle a su hijo de la muerte. No pudo con la cruel verdad. Por eso inventó a Dios, los ángeles y el paraíso.
Después, vinieron otros y se aprovecharon.
Aloma Sellanes
domingo, 23 de marzo de 2025
MARITO
Hoy, la banda
está de luto. La banda de chiquilines veteranos que se conoce desde los
primeros años de la infancia, en unos casos, y desde los albores de la
adolescencia, en otros, ha visto con inevitable dolor como se extinguía la luz
de uno de sus muy amados miembros.
Y defino
como luz, algo que con el correr de los años, al estar dentro del grupo hemos incorporado,
algo que nos ilumina a todos y cada uno, y que, a su vez cada uno emana. Y no
me refiero a una luz trascendental ni superior, simplemente a una luz que contiene,
que nos cobija y que hace que cada poco tiempo nos reunamos para que nos
alimente y en reciprocidad, alimentarla.
Después de
cuatro meses de luchar en desventaja contra una enfermedad impiadosa, a la que
enfrentó con encomiable dignidad y entereza, Marito, el botija flaquito e
inquieto que conocimos en nuestra lejana infancia y el hombre bueno con el que
compartimos tantos momentos de nuestra adultez, se ha convertido en una luz diferente que siempre estará con nosotros
hasta que nos reunamos con él, en alguna
de las eternidades posibles.
Entre todo lo
que nos brindó, Marito nos hizo conocer a Gra, su entrañable compañera hasta
sus ultimas horas, a quien valoramos profundamente y abrazamos en este momento
de profundo dolor.
¡Te queremos,
hermano!
Marito haciéndonos adiós. Su mano en alto y su mejor sonrisa
viernes, 31 de enero de 2025
EL VERANO QUE NO BAILAMOS
EL VERANO
QUE NO BAILAMOS
Hace muchos
años que compartimos veranos, al punto que la unidad de medida temporal de nuestras amistades
bien podría ser esa estación del año. Nos
vemos en otros días de los meses restantes, pero los encuentros, los verdaderos
encuentros tienen como protagonista al estío.
Al tiempo que pasamos en la playa, se suma el que, durante muchas noches, nos convoca alrededor de la parrilla, y mientras arden los leños o el carbón, acumulamos anécdotas, historias, combinando recuerdos jocosos con reminiscencias muchas veces cargadas de nostalgia. Cuando avanza la noche, el último bocado que es llevado a la boca, lo hace con un ritmo especial, la música se eleva: es hora de comenzar el baile.
Una variada gama de canciones, todas ellas bailables y de distintas épocas, nos hace salir de nuestros asientos, dándole libertad a nuestros cuerpos para que hagan figuras en el aire… bueno, permítanme la licencia de la metáfora de esta última frase, jeje. Pero, la cuestión es que bailamos. ¡Vaya que
bailamos! Y nos reímos y disfrutamos, y no nos importa un bledo si nos cansamos.
Leí días pasados
una definición que me encantó de un escritor francés e investigador musical,
Pascal Quignard, sobre lo que es la danza. Según él, es el deseo irresistible
de levantarse. ¡Cuánta razón tiene! pensé. Porque al escuchar ciertos acordes,
permanecer sentado es una limitación insoportable.
Pues, nosotros, esa barra macanuda de rioplatenses que aprendió a divertirse a lo loco en el primer mes del año, este enero no bailó. Sin ponernos de acuerdo, sin charlas previas, ni sugerencias, ni nada. Simplemente, la música no estuvo convocada y entonces, ese deseo irresistible de levantarnos no surgió. Nos quedamos sentados... nos quedamos sentados porque nos pesó una ausencia definitiva y también extrañamos una presencia que, no tenemos dudas, volverá a estar con nosotros en un tiempo que todos deseamos cercano.
Hay veces que, espontáneamente, los humanos encontramos lenguajes no verbales para transcurrir tiempos de pausa ante situaciones que nos hacen doler el alma.
La foto que ilustra estas líneas, la tomé mientras escribo, es de una naturaleza a la que el viento, sin reparar en definiciones, hace danzar con alocado frenesí.
Aloma Sellanes
30/01/25
jueves, 25 de julio de 2024
LAS OLIMPIADAS, UN ROSARIO DENTRO DE UN HUEVITO, Y EL NO A LA RELIGIÓN
Mi tía le
tenía un especial cariño al peculiar huevito que al abrirlo descubría un pequeño
rosario de cuentas verdes en su interior. Tenía menos de diez años cuando uno
de sus tíos, Alfredo, se lo trajo desde Francia, tengo la duda de si desde el
mismísimo santuario de Lourdes. En el
lejano 1924, él había concurrido a las Olimpiadas de París y había ganado,
junto a sus compañeros, la medalla de oro en fútbol, comenzando así un tiempo
de victorias a nivel mundial para Uruguay, en el arte de patear la pelota.
Decía que mi
tía atesoró siempre ese rosario, incluso más allá de un episodio que marcó a la
familia en materia de religión a los pocos años. En abril de 1929, su abuela (mamá
de su papá y de Alfredo además de otros hijos) halló la muerte al volver de la
Iglesia, porque al intentar recoger un misal que se le cayó en la calle, fue
atropellada por un camión que se quedó sin frenos. El trágico fin de la mamma
signora florentina, nunca le fue perdonado a Dios por el resto de su familia,
que pasó a abrazar el ateísmo dejando atrás su fe católica.
En un acto
de cierta rebeldía, cuatro décadas más tarde, mi mamá decidió enviarme a un
colegio católico, sobre todo para que alguien me diera una versión distinta de la vida, hablándome
de un Dios que en mi familia había muerto junto con mi bisabuela.
Estando en
tercer año, nos llevaron a una misa en una Parroquia que quedaba a algunas
cuadras del colegio; como nos preparábamos para la primera Comunión, nos
pidieron que lleváramos un rosario. Mi tía, en su consabida y siempre presente generosidad,
me dio el rosario del huevito para que lo llevara conmigo. Mientras volvíamos al
colegio, comenzamos a correr y saltar con mis compañeras, y yo olvidé que, en uno
de los bolsillos de la túnica, estaba el pequeño tesoro de mi tía. Cuando lo
busqué en casa para devolvérselo, triste fue encontrar el vacío. Ella que nunca
se enojaba conmigo porque su amor era infinito, no me rezongó, aunque me
hubiese merecido una reprimenda contundente.
Pero no lo
perdimos. Al día siguiente, la mamá de una compañera se lo entregó a mi tía,
porque lo habían encontrado en la calle y se enteraron más tarde que era mío.
Desde entonces,
nunca más lo perdí de vista, lo guardo con el amor que la tía Nelly lo guardó siempre,
y aunque nunca me haya acercado a Dios, tenerlo en mis manos me hace sentir la
calidez de sus manos únicas, y mi pensamiento y mi corazón vuelven a estar
junto a ella… con nostalgia, con inmensa nostalgia.




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